Cuando el cortejo alcanzó el destartalado puentelevadizo y el enorme portalón tachonado de clavos de acero, Aldo se dijo quetenía que unirse a él a fin de asistir a la última ceremonia. Se agachó pararecoger del suelo el gran ramo de cardos azules ceñido por un lazo cuyoscolores eran los del clan del anciano lord, pero en ese momento una manoarrugada se adelantó a él y una voz algo cascada comentó:

—¡Cardos, qué buena idea! El emblema del país,¿verdad? Y además cuadran perfectamente con el viejo Andrew. Quizá le sirvan deconsuelo por haber tenido que dejar su título y su mansión a esta gente.

Aldo volvió la cabeza y vio a su lado a unhombrecillo de tez apergaminada y morena, al que de entrada tomó por un duendede las landas debido a su baja estatura. Vestía una falda escocesa con escarcela,una banda a cuadros y un gorro cuyas plumas mostraban los colores del clan.Todo su atavío emanaba un fuerte olor de pimienta de Jamaica, cosa queatestiguaba que era el traje de ceremonia que sólo se sacaba del arcón para lasocasiones solemnes. Después de estornudar tres veces, el recién llegado seapartó procurando no ponerse de espaldas al viento.

—¿Cree usted que necesita consuelo? —le preguntóAldo.

—¡No me cabe duda! Claro que también podríahaberse fabricado él mismo sus herederos, en lugar de dedicarse a recorrer losmares durante tres cuartas partes de su vida. Si se hubiera casado con FloraMac Neil, su situación sería otra muy distinta.

—¿Quién es Flora Mac Neil?

—La joven con quien su padre, el viejo Angus,quería casarlo. Me consta que la chica no era muy bonita, pero tenía buenasalud y una dote respetable, y habría parido hijos fuertes. Pero, bueno, sirAndrew no la quiso. Aunque no me diga que durante sus periplos alrededor delmundo no podría haber encontrado una mujer de su gusto...

—De hecho, encontró una, pero no era soltera y,por desgracia, él nunca amó a otra más que a ella.



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