Al llegar al patio de armas, comprobó que laspredicciones del duende se realizaban. Era evidente que el nuevo lord no teníala menor intención de recibir a nadie en el castillo: él y los suyos, alineadosdelante de la capilla, iban estrechando manos y contestando a los pésames conunas pocas palabras y una expresión compungida. Aldo se dirigió hacia ellos.

Cuando se presentó a sir Desmond y le dio la mano,vio que en los ojos de éste, bastante apagados hasta entonces, se encendía una chispade interés. En el mundo de los coleccionistas de toda clase de cosas, perosobre todo de joyas, el príncipe veneciano, convertido en anticuario pornecesidad y en experto en alhajas antiguas por afición, era muy conocido. Elnuevo lord Killrenan pertenecía a ese mundo, de modo que cogió la ocasión porlos pelos.

—¿Piensa quedarse un tiempo en Escocia? —preguntó.

—No. Hoy mismo me esperan en Inverness y mañanaestaré en Londres.

—Supongo que permanecerá allí unos días paraasistir a la famosa subasta, ¿no? Para mí sería un placer entrevistarme conusted, si pudiera dedicarme unos momentos.

—¿Por qué no? —contestó con amabilidad Morosini,pensando para sus adentros que para él no sería ningún placer, pues el nuevolord no le gustaba nada. Como había dicho el duende, su rostro producía laimpresión de haber sido modelado en mantequilla, pero tenía la particularidadde parecer al mismo tiempo duro. Sin duda eso se debía a sus rasgos inmóviles ya su mirada gris y apagada como una piedra.

Aldo se inclinó brevemente ante los dos hermanossiguientes para llegar por fin ante la esposa de Desmond. Se preguntó cómo esamujer tan preciosa había podido unir su destino al de un personaje tan pocoatractivo. Claro que, como el hombre tenía fama de ser un ferviente coleccionistade jades antiguos, debía de poseer una cuantiosa fortuna, y además cabía laposibilidad de que se hubiera contagiado de la pasión de Mary por las alhajas.Pero Morosini se equivocó al creer que ésta se contentaría con que la saludaray le dirigiera unas pocas palabras atinadas. Sin siquiera tenderle la mano, lacondesa le espetó:



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