—Confiaba en que vendría. Usted y yo tenemos quehablar.

—¿Hablar de qué, por Dios?

—Lo sabe muy bien, del brazalete de Mumtaz Majal.

—Ni la hora ni el lugar me parecen convenientes—dijo él con severidad—. Sobre todo porque no tengo nada que decir sobre eltema.

—No estoy de acuerdo. ¿Se atreve a negarme que memintió cuando fui a verle y me aseguró que mi tío no se lo había dado? Entregóa nuestro notario una suma importante, producto de la venta de un objeto que lehabía confiado el difunto lord Killrenan.

—Es cierto. Mi viejo amigo me había dado endepósito un objeto, pero acompañado de una condición sine qua non: que no lovendiera a ningún ciudadano británico, de cualquier sexo o características.

El rosado semblante, iluminado por unos ojos de ungris claro, se puso como la grana.

—¿Eso dijo mi tío? Y, por descontado, ese objetoera la pulsera, ¿no? ¿A quién se la vendió?

—La discreción es una de las principales reglas demi profesión.

—Pero quiero saberlo...

—Querida, no deberías retener de este modo alpríncipe Morosini —intervino la voz neutra de lord Desmond—. Lo estánesperando, y nosotros debemos celebrar un consejo de familia. Nos veremos másadelante, ¿verdad? —añadió, dirigiéndole a Aldo una mueca que podía pasar poruna sonrisa—. Por lo menos el día de la subasta, cuando todos estaremos allí.

El veneciano se inclinó sin decir palabra yabandonó el recinto del castillo para dirigirse al carruaje de alquilerque lo aguardaba en la landa. No le había gustado la última frase de sirEdmond: pese a su aparente amabilidad, le había parecido notar en ella una vaga



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