– Te lo advierto, tengo órdenes estrictas de evitar que hagas alguna actividad demasiado física.

– Aguafiestas. Anhelaba que algún príncipe del desierto de nariz aquilina me llevara en algún corcel negro -al ver que su hermano no parecía demasiado complacido con la idea, le apretó el brazo-. Bromeaba. Gordon me dio un ejemplar de El Jeque para leer en el avión -sin duda era lo que su editor de noticias consideraba una broma. Tenía un extraño sentido del humor. O quizá había sido una excusa para transmitirle toda la información que había sido capaz de obtener de la situación en Ras al Hajar delante de los ojos atentos de su madre-. No sé si era una inspiración o una advertencia.

– ¿Quieres decir que lo leíste?

– Es un clásico de ficción femenina -protestó.

– Bueno, espero que lo tomaras como advertencia. He recibido instrucciones de mamá, y, créeme, montar a caballo queda descartado. Se te permite estar a la sombra junto a la piscina con una lectura ligera por la mañana, pero solo si prometes no meterte en el agua…

– He pasado semanas así, Tim. No prometo nada.

– Solo si prometes no meterte en el agua -repitió con una amplia sonrisa- y te echas una siesta por la tarde. Nos diste a todos un buen susto, ¿sabes?, al desmayarte en medio de las noticias.

– Muy mala costumbre -acordó con firmeza-. Se supone que yo las transmito, no que las produzco…

– calló al ver una limusina negra, con los cristales ahumados, alejarse del aeropuerto.

El ocupante del coche sin duda era la razón para el vuelo del avión privado del emir en el que su hermano había conseguido acomodarla. Con un impecable traje oscuro a medida, una camisa a rayas discretas y una corbata de seda, podría haber sido el presidente de cualquier empresa pública. Pero no lo era.



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