
Sus miradas se habían encontrado y el reconocimiento mutuo había sido instantáneo antes de que una azafata cerrara con presteza la puerta de su sección, más acostumbrada a llevar princesas que curiosas periodistas.
Lo cual había sido una pena. El príncipe Hassan al Rashid figuraba entre los primeros de su lista de personajes que debía conocer. Entre los recortes de periódicos, la fotografía del rostro anguloso con penetrantes ojos grises había sido la única que había captado su atención.
El príncipe Hassan se había detenido al entrar en la nave, y en el instante antes de que se cerrara la puerta, sus ojos la habían inmovilizado con una mirada que le provocó rubor en las mejillas y le hizo desear bajar hasta los tobillos la falda que le cubría las pantorrillas. Era una mirada que hizo que se sintiera enteramente femenina, vulnerable de un modo que para una periodista de veintiocho años resultaba embarazoso.
Una periodista de veintiocho años, con un matrimonio, una guerra y media docena de entrevistas exhaustivas con primeros ministros y presidentes a su espalda.
Pero era capaz de reconocer a un hombre muy peligroso cuando lo veía, y la fotografía del príncipe, un retrato formal, impasible y posado, no se acercaba a lo que de verdad representaba.
Sabía que, de acuerdo con las costumbres de él, le mostraba más respeto soslayando su presencia que si hubiera viajado a su lado, pero como periodista no podía evitar sentirse decepcionada. Lo que más la perturbaba era su decepción como mujer.
Además, semejante respeto contradecía su fama como playboy, cuya riqueza, según los rumores, pasaba directamente de los pozos de petróleo a las muñecas y cuellos de mujeres hermosas y a las mesas de juego más exclusivas del mundo.
Pero al llegar a Ras al Hajar, su hogar, al parecer había decidido seguir las costumbres. Al bajar del avión antes que ella, para ser recibido por los funcionarios formados en la pista, había prescindido del caro traje italiano para ponerse el atuendo de un príncipe del desierto. Un príncipe de negro.
