
Todavía había un montón de escombros en el armazón del edificio. Vigas del techo carbonizadas, maderas, bloques de hormigón rotos y otros restos. Pounds se puso a la altura de Bosch y ambos empezaron a avanzar cuidadosamente hacia la gente congregada bajo la lona.
– Lo derribarán y harán un aparcamiento -comentó Pounds-. Eso es lo que los disturbios le han dado a la ciudad, mil aparcamientos nuevos. Hoy en día ya no hay ningún problema para aparcar en South Central. Ahora, como quieras una gaseosa o echar gasolina, entonces sí que tienes un problema. Lo quemaron todo. ¿Pasaste por el South de antes de fiestas? Había árboles de Navidad en cada manzana. Todavía no entiendo por qué esa gente quemó sus propios barrios.
Bosch sabía que el hecho de que personas como Pounds no entendieran por qué «esa gente» hizo lo que hizo era una de las razones de que lo hubiera hecho y de que algún día tuviera que volver a hacerlo. Bosch lo veía como un ciclo. Cada veinticinco años, más o menos, la ciudad acababa con su alma incendiada por el fuego de la realidad. Pero luego seguía adelante, deprisa, sin mirar atrás, como un conductor que se da a la fuga.
De repente, Pounds cayó tras resbalar con los escombros. Detuvo la caída con las manos y se incorporó rápidamente, avergonzado.
– ¡Mierda! -exclamó, y luego, aunque Bosch no se lo había preguntado, agregó-Estoy bien, estoy bien.
Se apresuró a peinarse hacia atrás el pelo que se le había escapado de su cráneo cada vez más pelado. No se dio cuenta de que al hacerlo se estaba tiznando la frente con la mano y Bosch tampoco se lo dijo.
Finalmente, llegaron al lugar donde se hallaban los investigadores. Bosch caminó hacia su antiguo compañero, Jerry Edgar, que estaba acompañado de dos detectives a los que Harry conocía y dos mujeres a las que no conocía. Las mujeres iban ataviadas con sendos monos verdes, el uniforme de los miembros del equipo del forense encargados de trasladar cadáveres. Cobraban lo mínimo y los enviaban de escena del crimen a escena del crimen en la furgoneta azul, a recoger cadáveres y llevarlos a la nevera.
