
– ¿Pasa, Harry? -dijo Edgar.
– Ya ves.
Edgar acababa de asistir al festival de blues de Nueva Orleans y había vuelto con el saludo. Lo decía con tanta frecuencia que resultaba molesto. El propio Edgar era el único detective de la brigada que no se había percatado de ello.
Edgar destacaba en medio del grupo. No llevaba un mono como el de Bosch -de hecho, nunca llevaba porque le arrugaban sus trajes de Nordstrom-, y lo misterioso era que había conseguido abrirse paso hasta la zona de la escena del crimen sin llevarse ni una mota de polvo en los dobladillos del pantalón de su traje cruzado. El mercado inmobiliario, el antiguo y lucrativo pluriempleo de Edgar, llevaba tres años en crisis, pero Edgar seguía siendo el mejor vestido de la división. Bosch se fijó en la corbata azul pálido de su compañero, apretada fuertemente al cuello del detective negro, y supuso que le habría costado más que su corbata y camisa juntas.
Bosch saludó a Art Donovan, el técnico de la policía científica, pero no dijo nada a ningún otro. Estaba siguiendo el protocolo. Como en cualquier escena del crimen imperaba un sistema de castas cuidadosamente establecido. Los detectives básicamente hablaban entre ellos o con los técnicos de investigaciones científicas. Los uniformados no hablaban a no ser que les preguntaran. Los que trasladaban los cadáveres, que ocupaban el peldaño más bajo del escalafón, no hablaban con nadie, salvo con el técnico del forense. Éste cruzaba contadas palabras con los polis. Los despreciaba porque para él eran unos pedigüeños que lo querían todo para ayer: la autopsia, las pruebas toxicológicas…
