– Son implantes -dijo Sakai-. No se descomponen. Podríamos sacarlos y vendérselos a la próxima tía estúpida que los quiera. No estaría mal poner en marcha un programa de reciclaje.

Bosch no dijo nada. Se sintió súbitamente deprimido al pensar en la mujer -quienquiera que fuese- que se había operado para resultar más atractiva y había acabado de ese modo. Se preguntó si sólo habría tenido éxito en resultar más atractiva para su asesino.

Sakai interrumpió sus pensamientos.

– Si lo hizo el Fabricante de Muñecas, significa que lleva en el hormigón al menos cuatro años, ¿no? En ese caso la descomposición no es muy grande. Todavía tiene pelo, ojos, algunos tejidos internos. Podremos trabajar con eso. La semana pasada, me cayó un caso, un excursionista que encontraron en el cañón de Soledad. Creían que era un tipo que desapareció el verano pasado. Ya no era más que huesos. Claro que al aire libre hay animales. ¿Sabes que entran por el culo? Es la entrada más suave y los animales…

– Ya lo sé, Sakai. Ciñámonos a éste.

– En fin, con esta mujer al parecer el hormigón ha hecho el proceso más lento. No lo ha detenido, pero lo ha frenado. Debe de haber sido como una tumba hermética.

– ¿Vais a poder determinar cuánto tiempo lleva muerta?

– Probablemente a partir del cadáver no. La identificaremos y después vosotros descubriréis cuándo desapareció. Ésta será la manera.

Bosch miró los dedos de la víctima. Eran palillos oscuros, casi tan delgados como lápices.

– ¿Y las huellas?



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