
Bosch miró por la furgoneta. Había dos camillas y dos cadáveres. Uno llenaba por completo la bolsa: o bien se trataba de alguien pesado y corpulento o bien el cadáver se había hinchado. Se volvió hacia la otra bolsa. Los restos que contenía apenas la abultaban. Sabía que ésa era la de la víctima que habían sacado del hormigón.
– Sí, ésta -dijo Sakai-. Al otro lo apuñalaron en Lankershim. Se ocupan los de North Hollywood. Ya estábamos llegando al depósito cuando nos llegó este aviso.
Eso explicaba por qué los medios se habían enterado tan pronto. Los avisos del forense se emitían en una frecuencia que estaba sintonizada en todas las salas de redacción de la ciudad.
Bosch examinó la pequeña bolsa de plástico grueso un momento y sin esperar a que lo hiciera Sakai bajó la cremallera. Al hacerlo surgió un olor penetrante y mohoso que no era tan pútrido como podría haber sido si hubieran encontrado el cadáver antes. Sakai abrió la bolsa y Bosch observó los restos humanos. La piel era oscura y se ajustaba con tirantez a los huesos. El detective no sintió asco, porque estaba acostumbrado y había aprendido a desapegarse de tales escenas. A veces pensaba que mirar cadáveres era el trabajo de su vida. Había ido al depósito para identificar a su madre cuando todavía no había cumplido doce años, había visto infinidad de muertos en Vietnam y había perdido la cuenta de los cadáveres que había visto en sus casi veinte años en la policía. Todo ello era la causa de que los viera con la frialdad de una cámara. Era tan desapegado como un psicópata, y lo sabía.
La mujer de la bolsa era pequeña, pero el deterioro de los tejidos y el encogimiento hacían que el cuerpo pareciera aún más pequeño que en vida. Lo que quedaba del pelo llegaba hasta los hombros y daba la impresión de que había sido rubio decolorado. Bosch distinguió los restos de maquillaje en la piel del rostro. Los pechos de la mujer pronto atrajeron su mirada, pues eran sorprendentemente grandes en comparación con el resto del cuerpo encogido. Estaban bien formados, y la piel estaba tensa. En cierto modo eran el rasgo más grotesco del cadáver porque no eran como deberían haber sido.
