
– No puedo, no puedo… -dijo, pero su frase se perdió en un acceso de tos sanguinolenta.
– ¿No podía hacer lo que le he dicho? Le he dicho que no se moviera.
«Muérete, tío», pensó Bosch, pero no lo dijo. Será más fácil para todos.
Rodeó la cama hasta llegar a la almohada. La levantó, miró lo que había debajo durante un par de segundos y la dejó caer. Cerró los ojos un momento.
– ¡Mierda! -dijo en la nuca del hombre desnudo-. ¿Qué estaba haciendo? Joder, tengo una pistola y… ¡Le dije que no se moviera!
Bosch rodeó la cama a fin de ver el rostro del hombre. De su boca seguía cayendo sangre que manchaba la deslucida sábana blanca. Bosch sabía que le había alcanzado en los pulmones. El hombre se estaba muriendo.
– No tenía que morir -le dijo Bosch.
El hombre expiró.
Bosch miró por la habitación. No había nadie más. Ninguna sustituta de la prostituta que había huido. Se había equivocado con esa suposición. Se metió en el cuarto de baño y abrió el botiquín de debajo del lavabo. Bosch reconoció algunas de las marcas: Max Factor, L'Oréal, Cover Girl, Revlon. Todo parecía encajar.
Miró a través de la puerta del baño al cadáver que estaba en la cama. El aire todavía olía a pólvora. Encendió un cigarrillo y había tal silencio que pudo escuchar el crujido del tabaco al quemarse a medida que él inhalaba el humo tranquilizador.
No había teléfono en el apartamento. Bosch se sentó en la cocina americana y aguardó. Al mirar a través de la habitación hacia el cadáver, se dio cuenta de que su corazón seguía latiendo con rapidez y que él se había mareado. También reparó en que no sentía nada -ni compasión ni culpa ni pena- por el hombre que yacía en la cama. Nada en absoluto.
Trató de concentrarse en el sonido de la sirena que empezaba a acercarse. Al cabo de un momento logró discernir que no era una sirena sino varias.
