La puerta se abrió con un fuerte crujido y Bosch traspuso el umbral agachado en la posición de combate clásica. Enseguida lo vio al fondo de la habitación, de pie al otro lado de una cama. El hombre estaba desnudo y no sólo era calvo, sino que no tenía ni un pelo en el cuerpo. Bosch se concentró en los ojos del tipo y vio que el terror los invadía.

– ¡Policía! -gritó Bosch con voz tensa-. ¡No se mueva!

El hombre se quedó paralizado durante un instante, pero enseguida empezó a agacharse y estiró el brazo izquierdo hacia la almohada. Dudó una fracción de segundo y continuó el movimiento. Bosch no podía creerlo. ¿Qué coño estaba haciendo? El tiempo se detuvo. La adrenalina que fluía por su organismo le daba a Bosch la claridad de una película a cámara lenta. Sabía que el hombre buscaba la almohada para tener algo con lo que cubrirse, o bien estaba…

La mano del hombre se metió bajo la almohada.

– ¡No lo haga!

La mano del sospechoso, que en ningún momento había apartado los ojos de Bosch, se estaba cerrando en torno a algo. Entonces Bosch se dio cuenta de que su expresión no era de terror. Era otra cosa. ¿Furia? ¿Odio? La mano estaba saliendo de debajo de la almohada.

– ¡No!

Bosch disparó una vez y el retroceso levantó la pistola que sostenía con ambas manos. El impacto de la bala propulsó hacia arriba y hacia atrás al hombre desnudo, que rebotó en la pared de paneles de madera y cayó sobre la cama, retorciéndose y vomitando sangre. Bosch avanzó con rapidez y saltó a la cama.

La mano izquierda del hombre volvía a buscar la almohada. Bosch levantó la pierna izquierda y se arrodilló en la espalda del hombre para inmovilizarlo. Sacó las esposas del cinturón, le cogió la mano izquierda y luego la derecha y lo esposó con las manos a la espalda. El hombre desnudo estaba jadeando y gimiendo.



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