
P. D. James
Libro primero . Las personas y el lugar
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El viernes 25 de octubre, exactamente una semana antes de que se descubriese el primer cadáver en el Museo Dupayne, Adam Dalgliesh visitó el lugar por primera vez. La visita fue fortuita, la decisión, impulsiva, y más adelante recordaría aquella tarde como una de esas raras coincidencias de la vida que, pese a darse con mucha mayor frecuencia de la que razonablemente cabría esperar, nunca dejan de sorprender.
Había abandonado el edificio del Ministerio del Interior en Queen Anne’s Gate a las dos y media, tras una larga reunión que se había prolongado toda la mañana y que sólo se había visto interrumpida unos minutos para hacer la pausa habitual de los bocadillos envasados y el café insulso, y estaba recorriendo la escasa distancia que lo separaba de su despacho en New Scotland Yard. Iba solo, y eso también era fortuito: la representación policial en la reunión había sido muy numerosa y, por lo general, Dalgliesh se habría marchado con el subcomisario, pero uno de los subsecretarios del Departamento de Policía Criminal le había pedido a éste que se pasase por su despacho para discutir una cuestión que nada tenía que ver con el asunto de la reunión, por lo que Dalgliesh había salido solo. La reunión había arrojado como resultado la consabida imposición del papeleo y mientras acortaba camino por la estación de metro de Saint James’s Park en dirección a Broadway, se debatía entre regresar a su despacho y arriesgarse a sufrir una tarde llena de interrupciones o llevarse los papeles a casa a su piso a orillas del Támesis y trabajar en paz.
Nadie había fumado en la reunión, pero la atmósfera estaba muy cargada debido a la concentración humana y la falta de ventilación, y en ese momento se deleitaba respirando aire puro y fresco, aunque fuese por tan breve espacio de tiempo.
