Aunque el día presagiaba borrasca, hacía una temperatura inusualmente suave para aquella época del año. Los cúmulos de nubes atravesaban el cielo, de un azul transparente, sin dejar de dar vueltas, y podría haberse imaginado que era primavera salvo por el penetrante olor a mar del río, tan propio de la estación otoñal -sin duda en parte imaginado- y las bofetadas cortantes del viento cuando salió de la estación.

Al cabo de unos segundos vio a Conrad Ackroyd de pie en el bordillo de la acera en la esquina de la calle Dacre, mirando de izquierda a derecha con esa mezcla de ansiedad y esperanza típica de alguien que espera parar un taxi. Casi de inmediato, Ackroyd lo vio y se acercó caminando hacia él, con los dos brazos extendidos y el rostro sonriente bajo el sombrero de ala ancha. Dalgliesh no tenía modo de evitar el encuentro, y en realidad, tampoco deseaba hacerlo. Pocas personas se mostraban reacias a ver a Conrad Ackroyd: su constante buen humor, su interés por los detalles insignificantes de la vida, su afición a los chismorreos y, por encima de todo, su juventud en apariencia eterna resultaban tranquilizadores. Estaba exactamente igual que cuando Dalgliesh y él se habían conocido décadas antes. Costaba pensar que Ackroyd pudiese sucumbir a una enfermedad grave o sufrir una tragedia personal, y a sus amigos la noticia de su muerte les habría parecido una inversión del orden natural de las cosas. Tal vez, pensó Dalgliesh, en ello residía precisamente el secreto de su popularidad: transmitía a sus amistades la reconfortante ilusión de que el destino era benevolente. Como siempre, iba vestido de forma simpáticamente excéntrica. Llevaba el sombrero de fieltro de ala flexible ladeado con gracia, y cubría su cuerpo menudo, pero fuerte, con una capa de tweed de cuadros escoceses morados y verdes. Dalgliesh no conocía a ningún otro hombre que se pusiese polainas, y en ese momento las llevaba.



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