
El sultán yacía recostado sobre las almohadas de un enorme lecho con dosel del que colgaban cortinas adornadas con borlas, contemplando a través de sus ojos inyectados en sangre el Bosforo bajo su ventana y las colinas de Asia, al otro lado de los estrechos. Tenía, lo sabía vagamente, un mundo bajo su mando. Las flotas del sultán otomano patrullaban el Mediterráneo y el mar Negro; se recitaban plegarias en su nombre en las mezquitas de Jerusalén, de La Meca y Medina; sus soldados hacían guardia en el Danubio junto a las Puertas de Hierro, y en las montañas del Líbano; y era el señor de Egipto. Tenía esposas, concubinas, tenía esclavos a su servicio, por no mencionar a los pachás, los almirantes, los seraskiers, voivodas y hospodares que gobernaban su extenso imperio con medrosa, o al menos respetuosa, obediencia a su voluntad.
En sus treinta años como sultán, Mahmut había presidido muchos cambios. Había destruido el poder de los jenízaros, el todopoderoso regimiento que se oponía a cualquier reforma. Había adoptado las botas de montar y las sillas francesas. Había ordenado a sus súbditos que dejaran de llevar turbante, si eran musulmanes, y babuchas azules, si eran judíos, y gorros azul celeste, si eran griegos. Había querido que todos los hombres recibieran el mismo tratamiento, y llevaran el fez rojo y la estambulina.
Los resultados habían sido dispares. Muchos de sus súbditos musulmanes lo denigraban ahora como el Sultán Infiel… Y en muchos de sus súbditos cristianos se habían despertado unas esperanzas no realistas. Aquellos griegos de Atenas se habían rebelado contra él. Al cabo de siete años de luchas, con la ayuda europea, habían creado su propio reino, independiente, en el Egeo. ¡El reino de Grecia!
