
Tras esto el cuchillo perdió su uso.
La llamada a la plegaria duró unos dos minutos y medio, pero para Giorgos se detuvo antes. El hombre de la triste expresión se agachó y recogió el cuchillo. Era muy afilado, pero su punta estaba rota. No era un cuchillo para luchar. Lo arrojó a las sombras.
Cuando el hombre se hubo ido, un perro amarillo asomó cautelosamente de un cercano portal. Un segundo perro avanzó furtivamente sobre su barriga y se acercó agachándose, gimiendo con esperanza. Su cola golpeaba el suelo. El primer perro soltó un grave gruñido y mostró los dientes.
2
Maximilien Lefèvre se inclinó sobre la barandilla y dejó caer su cigarro puro en la hirviente espuma que se formaba junto al casco del buque. La Punta del Serrallo iba apareciendo por la proa a babor, sus árboles aún se veían negros y macizos a las tempranas luces. Cuando el barco daba la vuelta a la Punta, revelando la Torre de Gálata en la colina de Pera, Lefèvre se sacó un pañuelo de la manga para secarse las manos; su piel estaba pegajosa por el aire salino.
Levantó la mirada hacia los muros del palacio del sultán y se dio palmaditas en el cogote con el pañuelo. Había una vieja columna en el Cuarto Patio del serrallo, rematada por un capitel corintio, que resultaba visible a veces desde el mar, entre los árboles. Era la reliquia que subsistía de una acrópolis que se había alzado allí muchos siglos atrás, cuando Bizancio no era más que una colonia de los griegos; antes de convertirse en una segunda Roma, antes de convertirse en el ombligo del mundo. La mayor parte de la gente ignoraba que la columna aún existía: a veces uno la veía, a veces no.
El barco viró, y Lefèvre soltó un gruñido de satisfacción.
Lentamente, la costa de Estambul del Cuerno de Oro apareció a la vista, una procesión de cúpulas y minaretes que surgían al frente, una a una, y luego modestamente se retiraban.
