
La decepción se producía más tarde.
Lefèvre se encogió de hombros, encendió otro puro y dedicó su atención a la cubierta. Cuatro marineros, descalzos y ataviados sólo con sucias camisetas, se encontraban inclinados junto a la cadena del ancla, aguardando la señal de su capitán. Otros estaban izando las velas sobre sus cabezas. El timonel conducía con cuidado el barco a babor, acercándose a la orilla y a la contracorriente que los iría empujando hasta hacerlos detenerse. El capitán levantó la mano, la cadena se deslizó con el estruendo de un disparo de cañón, el ancla agarró y el barco fue retrocediendo lentamente por la acción de la cadena.
Se lanzó un bote y Lefèvre bajó en él junto con su baúl.
En el embarcadero de Pera, un joven marinero griego saltó a la orilla con un bastón para empujar a la multitud de vendedores. Con su otra mano hizo un gesto esperando una propina.
Lefèvre depositó una monedita en su mano y el joven escupió.
– Dineros de ciudad -dijo despreciativamente-. Dineros de ciudad muy malos, excelencia. -Mantenía su mano extendida.
Lefèvre parpadeó.
– Piastras de Malta -dijo con calma.
– ¡Ajajá! -El griego bizqueó ante la moneda y su rostro se iluminó-. Mu…uy bien. -Redobló sus esfuerzos con los vendedores-. Todos éstos son unos ladrones. ¿Quiere que le encuentre un mozo? ¿Hotel? Muy limpio, excelencia.
– No, gracias.
Los hombres del embarcadero se quedaron en silencio. Algunos de ellos empezaron a dar la vuelta. Un hombre se estaba acercando a través de las tablas con unas babuchas verdes. Era de mediana estatura, con una cabeza de cabello blanco como la nieve. Sus ojos eran de un azul penetrante. Llevaba unos pantalones azules holgados y una camisa abierta de algodón, roja, descolorida.
