
No me culpes de nada, María del Rosario. Tú sabes que mis consejos son sinceros y a veces hasta brutales. Nadie le habla a nuestro Presidente con la franqueza que tú me conoces. Creo apasionadamente que el país necesita por lo menos una voz desinteresada cerca del oído del Presidente Lorenzo Terán. Tal es nuestro acuerdo, querida amiga, el tuyo y el mío. Yo estoy para decir:
– Señor Presidente, usted sabe que yo soy su amigo totalmente desinteresado.
Lo cual no es totalmente cierto. Mi interés es que el Presidente se sacuda la fama de abúlico que en sus casi tres años de gobierno se ha venido creando, falazmente convencido, como lo está, de que los problemas se resuelven solos, de que un gobierno entrometido acaba creando más problemas de los que resuelve y de que la sociedad civil debe ser la primera en actuar. Para él, el gobierno es la última instancia. Ahora habrá que darle la razón. Quién sabe qué bicho le picó para iniciar el Año Nuevo invocando principios de soberanía y no intervención, en vez de dejar que los frutos se desprendieran del árbol, así cayesen descompuestos. ¿Qué nos va ni nos viene Colombia? ¿Y por qué no atender a que el trabajo sucio del mercado del petróleo lo hagan, como siempre, Venezuela y los árabes, en vez de solidarizarnos con una pandilla de jeques corruptos? Siempre hemos sabido beneficiarnos de los conflictos ajenos, sin necesidad de tomar partido. Pero uno nunca sabe por dónde va a salir el tiro de la escopeta cuando se andan dando consejos y a mí, lo admito, esta vez me salió por la culata.
– Suelte ideas, señor, antes de que se las suelten a usted. A la larga, si usted no tiene ideas, será arrollado por las ideas de los demás.
– ¿Como las tuyas? -me dijo con cara de inocente don Lorenzo.
– No -tuve la osadía de contestar-. No. Como las de su lambiscón Tácito de la Canal.
