– El hombre de hoy…

– Der Schattenmann. Era nuestra principal pesadilla. Se decía que podía distinguirte entre una multitud, como si fuese capaz de distinguir algún brillo en tu piel, alguna mirada en tus ojos. Tal vez era nuestra forma de andar, o el olor que desprendíamos. No lo sabíamos. Lo único que sabíamos era que si él te encontraba, la muerte llamaría a tu puerta. La gente decía que estaría en la oscuridad cuando fueran a por ti y seguiría allí oculto cuando, entre las brumas matutinas, te hiciesen subir al tren de Auschwitz. Pero tú no lo sabrías, porque nadie había visto su rostro ni nadie sabía su nombre. Si veías su cara, se decía que te llevaban a los sótanos de Alexanderplatz, donde siempre era de noche, y nadie salía jamás de esos sótanos, señor Winter. Y él estaría allí, viéndote morir, de manera que los últimos ojos que verías en este mundo serían los suyos. Él era el peor. El peor con diferencia, porque se decía que disfrutaba con lo que hacía y porque era el mejor haciéndolo…

– Y hoy…

– Está aquí, en Miami Beach. Y esto no es posible, señor Winter. Tiene que ser imposible y aun así lo creo. Estoy convencida de que hoy le he visto.

– Pero…

– Fueron sólo unos segundos. Había una puerta abierta y nos estaban trasladando por las oficinas, porque había que hacer papeleo. ¡Papeleo! Los alemanes incluso hacían papeleo cuando iban a matarte. Cuando el oficinista de la Gestapo terminó con nosotros, selló los documentos y nos llevaron abajo, a las celdas, para esperar el transporte, pero pude echar un vistazo a un despacho durante una milésima de segundo, señor Winter, y él estaba allí, entre dos oficiales con aquellos horribles uniformes negros. Se estaban riendo de alguna broma y supe que era él. Llevaba el sombrero calado pero alzó la vista, me vio, gritó algo y entonces cerraron la puerta de un portazo. Yo creí que seguramente iban a dejarme en el sótano, pero sin embargo me metieron en un tren aquel mismo día. Supongo que pensó que yo moriría en el campo. Yo era muy menuda, tenía dieciséis años pero apenas abultaba más que una niña, y aun así los sorprendí a todos, señor Winter, porque sobreviví.



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