
– ¿Qué le sucedió a…?
– Murió. Todos murieron. -Sophie Millstein respiró hondo-. Él asesinó a todos. Nos encontró y todos murieron.
Él empezó a formular otra pregunta, pero ella alzó una temblorosa mano.
– Deje que termine, señor Winter, mientras aún me queden fuerzas. Había muchísimas cosas a las que temer pero lo peor eran los cazadores.
– ¿Cazadores?
– Judíos como nosotros, señor Winter. Judíos que trabajaban para la Gestapo. Había un edificio en Iranische Strasse, uno de esos horribles edificios de piedra gris que tanto gustan a los alemanes. Lo llamaban la Oficina de Investigación Judía. Allí era donde él trabajaba, donde todos ellos trabajaban. Su libertad dependía de que nos cazasen.
– Y este hombre que cree haber visto hoy…
– Algunos eran famosos, señor Winter. Rolf Isaaksohn era joven y arrogante, y la hermosa Stella Kubler, rubia, bella y con aspecto de doncella nórdica. Entregó a su propio marido. También había otros. Se quitaban sus estrellas y se movían por la ciudad, observando como aves de presa.
