No hay gente más suspicaz en el mundo que los alemanes, señor Winter. Yo debería saberlo. En un tiempo fui una de ellos. Era lo único que bastaba, sólo una mínima vacilación, tal vez una mirada asustada, algo que indicase que estabas fuera de lugar. Y entonces sería el fin. En 1943 lo supimos, señor Winter. Me refiero a que tal vez no lo sabíamos todo pero lo sabíamos. La captura significaba la muerte, así de simple. Algunas veces por la noche solía echarme en la cama, incapaz de dormir, rezando para que algún bombardero británico dejase caer su carga directamente sobre nosotros y así podríamos partir todos juntos y acabar con el miedo. Yo temblaba, rezando por morir, y mi hermano Hansi venía y me cogía la mano hasta que me dormía. Él era fuerte y hábil. Cuando no teníamos nada que comer, encontraba patatas. Cuando no sabíamos adónde ir, buscaba un nuevo piso o un sótano en alguna parte donde no hacían preguntas y así podíamos pasar una semana más, aún juntos, aún sobreviviendo.

– ¿Qué le sucedió a…?

– Murió. Todos murieron. -Sophie Millstein respiró hondo-. Él asesinó a todos. Nos encontró y todos murieron.

Él empezó a formular otra pregunta, pero ella alzó una temblorosa mano.

– Deje que termine, señor Winter, mientras aún me queden fuerzas. Había muchísimas cosas a las que temer pero lo peor eran los cazadores.

– ¿Cazadores?

– Judíos como nosotros, señor Winter. Judíos que trabajaban para la Gestapo. Había un edificio en Iranische Strasse, uno de esos horribles edificios de piedra gris que tanto gustan a los alemanes. Lo llamaban la Oficina de Investigación Judía. Allí era donde él trabajaba, donde todos ellos trabajaban. Su libertad dependía de que nos cazasen.

– Y este hombre que cree haber visto hoy…

– Algunos eran famosos, señor Winter. Rolf Isaaksohn era joven y arrogante, y la hermosa Stella Kubler, rubia, bella y con aspecto de doncella nórdica. Entregó a su propio marido. También había otros. Se quitaban sus estrellas y se movían por la ciudad, observando como aves de presa.



11 из 440