– Señora Millstein, creo que se repondrá del mal trago. Lo que necesita es descansar un poco.

– Debo prevenir a los demás -dijo ella con súbita ansiedad-. Debo avisarles. El señor Stein tenía razón. Oh, señor Winter, deberíamos haberle creído, pero ¿qué podíamos hacer? Somos viejos. No lo sabíamos. ¿A quién podíamos llamar? ¿A quién contárselo? Ojalá Leo estuviera aquí.

– ¿Qué otros? ¿Y quién es el señor Stein?

– Él también le vio y ahora está muerto.

Simon arrugó el entrecejo.

– No comprendo lo que me está contando, señora Millstein, por favor, explíquese mejor.

Pero ella se limitó a mirar el arma.

– ¿Es su pistola? ¿Está cargada?

– Sí.

– Gracias a Dios. ¿Todos estos años de policía ha tenido la misma arma?

– Pues sí.

– Debería tenerla cerca, señor Winter. Mi Leo quería conseguir un arma, porque decía que a los negros… en realidad usaba otra palabra, no es que tuviera prejuicios, pero estaba asustado y eso hacía que usase aquella terrible palabra…, decía que a los negros les gustaría ir a la playa y robar a todos los viejos judíos que viven por allí. Y eso es lo que somos, simplemente viejos judíos, y supongo que si yo fuese un criminal, también pensaría en eso. Pero yo no le dejé tener una pistola, porque me daba miedo un arma en casa, Leo no era un hombre cuidadoso. Era un buen hombre, pero era… cómo decirlo… descuidado, sí. Y no habría sido inteligente dejarle tener una pistola, podría haberse hecho daño, así que le prohibí que la comprase. Ahora me gustaría que lo hubiese hecho, para poder protegerme. Ya no debo dudar más, señor Winter. Tengo que llamar a los demás y contarles que él está aquí y decidir qué vamos a hacer.

– Señora Millstein, por favor, cálmese. ¿Quién es el señor Stein?

– Tengo que llamar.

– Enseguida habrá tiempo para ello.

Ella no respondió. Estaba sentada rígidamente con la vista al frente, mirando el vacío.



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