Él recordó un tiroteo en el cual se había involucrado, hacía algunos años, un robo a un banco que había derivado en un violento fuego cruzado. No fue su disparo el que detuvo al ladrón, pero había sido el primero en alcanzarlo, y luego le arrancó el arma que empuñaba de un puntapié. Entonces bajó la vista y vio los ojos de aquel hombre abiertos de par en par mientras su vida se escapaba a borbotones por un orificio en el pecho. Era un joven de poco más de veinte años, Simon no era mucho mayor, y el chico se había quedado mirándolo. En aquella mirada había implícita una cascada de preguntas desesperadas que terminaban con la única que importaba: «¿Viviré?» Y antes de que Simon pudiese responder, vio que los ojos del joven se quedaban en blanco y murió. Aquel momento preciso en que se pierde la conciencia es lo que Simon creyó estar viendo en el rostro de Sophie Millstein y no pudo evitar que algo de su pánico se le contagiara.

– Él me matará -dijo inexpresivamente, quizá con un punto de resignación-. Tengo que avisar a los demás. -Sus palabras sonaron secas, como piel tensada a punto de rasgarse.

– Señora Millstein, por favor, nadie va a matarla. Yo no lo permitiré.

Ella parecía haberse ensimismado completamente, como si Simon ya no estuviera allí. Al cabo de un instante se estremeció, como si le hubiese impactado físicamente algún recuerdo. Se volvió lentamente hacia el viejo detective y movió la cabeza apesadumbrada.

– Era tan joven y estaba tan asustada… Todos lo estábamos. Fueron tiempos terribles, señor Winter. Todos nos ocultábamos y nadie pensaba que pudiera sobrevivir más allá del minuto siguiente o poco más. Es espantoso, señor Winter, experimentar eso cuando eres joven. Después, allá donde te escondas la muerte parece seguirte.

Simon asintió con la cabeza. Necesitaba que ella siguiera hablando, porque tal vez así acabaría volviendo al presente.

– Por favor, continúe.



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