Las mejillas de la anciana estaban surcadas de lágrimas y su voz era un susurro de temor.

– ¿Dónde está Leo? -dijo-. Ojalá Leo estuviese aquí.

– ¿Ese hombre, ese señor Herman Stein, se suicidó?

– Sí. No. Es lo que dijo la policía. Pero ahora, esta noche, en este momento estoy pensando algo diferente.

– Y los demás, el rabino…

– Tengo que hablar con ellos. -De pronto miró alrededor con ansiedad.

– Mi libreta. Mi agenda con todos mis números. Está en miapartamento.

– Yo la acompañaré. Todo irá bien.

Sophie Millstein asintió con la cabeza y sorbió lo que quedaba de su té helado.

– ¿Puedo haberme equivocado, señor Winter? Usted era policía. Ocurrió hace cincuenta años y tan sólo le vi un momento antes de que cerrasen la puerta de un portazo. En cincuenta años la gente cambia mucho. ¿Puedo haberme equivocado? -Meneó la cabeza-. Quisiera estar equivocada, señor Winter. Rezo por estar equivocada.

Él no supo qué decir. Pensó: «Lo más probable es que se haya equivocado.» Pero la historia que le había contado era inquietante y no estaba seguro de qué pensar acerca del suicidio de Herman Stein. ¿Por qué un anciano se suicidaría después de enviar una carta? «Tal vez simplemente era viejo y se sentía inútil igual que yo. Tal vez estaba loco. O enfermo. Quizás estaba cansado de la vida. Podría haber un centenar de razones cuando a uno lo supera la tristeza y no se derrama ni una sola lágrima.» Él no sabía qué habría podido ser, pero de pronto quiso averiguarlo. Y experimentó una sensación que daba por desaparecida, borrada por la jubilación y el implacable paso del tiempo. Algo había espoleado lo más profundo de su alma, allí donde las palabras y la mirada de pánico de su vecina se habían convertido en factores de una ecuación. Y se sintió obligado, como un ordenador alimentado con información, a dar con la respuesta.



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