– Hace un año Herman Stein, un hombre que vivía en Surfside, se suicidó -continuó con tono monocorde-. Al menos eso dijo la policía, porque se había disparado con un arma…

«Igual que yo», pensó Simon.

– Después de morir, después de que la policía viniese y la funeraria y sus parientes terminaran la shivá, el duelo, y se llevasen a cabo todas esas cosas, llegó una carta al hogar del rabino Rubinstein. ¿Conoce usted al rabino, señor Winter?

– No.

– Es viejo, como yo. Está retirado. Y recibió una carta de un hombre muerto, enviada pocos días antes. Era del señor Stein, al que yo no conocía, me refiero a que él vivía en Surfside, que está a muchas manzanas de aquí, señor Winter. ¿Setenta? ¿Ochenta? Como en otro mundo. Este hombre envía una carta al rabino, al que apenas conoce, porque en una ocasión se enteró de que el rabino también procedía de Berlín, igual que él, y que asimismo era un superviviente de los campos, algo casi imposible. Y este hombre al que no conocí, Stein, dice en su carta: «He visto a Der Shattenmann.»Y el rabino conoce a este nombre, y por tanto se pone en contacto conmigo y con unos pocos más, con la señora Kroner y el señor Silver, que en otro tiempo fuimos berlineses. Somos los únicos que pudo encontrar porque ahora todos nos estamos haciendo demasiado viejos, señor Winter, quedamos muy pocos y éramos ya tan pocos los que sobrevivimos a aquellos días… Nos reunió y nos leyó la carta, pero ¿quién sabía qué hacer? No podíamos acudir a la policía. Nadie iba a ayudarnos y, por supuesto, tampoco sabíamos qué creer. ¿Quién iba a pensar que él estaba aquí, señor Winter? De todos los lugares que hay en el mundo, ¿por qué iba a venir a éste? Y así han pasado los meses; a menudo voy a casa del rabino y todos nos sentamos y hablamos, pero no son cosas que la gente quiera recordar mucho, señor Winter. Hasta hoy, porque igual que el pobre señor Stein de Surfside, al que yo no conocía y que ahora está muerto, yo también le he visto aquí, y ahora él también me matará.



17 из 440