– Señor Winter, no sabe cuánto se lo agradezco.

– No es nada, señora Millstein.

– Debería llamar a los demás ahora.

– Sí, sería lo más adecuado.

La anciana atravesó la salita, donde, entre los familiares objetos que la decoraban -las fotografías con el gato, los cojines recargados del sofá, los muebles y otras cosas-, probablemente la sensación de amenaza que la había asaltado remitiría rápidamente.

– Siempre guardo mis números de teléfono aquí -dijo mientras se dejaba caer en una gran y mullida butaca. Había un teléfono amarillo en una mesilla auxiliar junto a la butaca. Abrió su único cajón y sacó una agenda de direcciones barata forrada de plástico rojo.

De pronto él se sintió como un intruso.

– ¿Quiere que me vaya mientras hace las llamadas? -preguntó.

Ella negó con la cabeza mientras marcaba el primer número. Hizo una pausa, luego una mueca.

– Salta el contestador -murmuró, y un segundo despuésdijo en voz alta-: ¿Rabino? Soy Sophie. Por favor, llámeme en cuanto pueda.

Las palabras parecieron devolverle algo de ansiedad. Respiraba agitadamente cuando colgó el auricular. Miró a Simon, que seguía allí de pie, torpemente.

– ¿Dónde puede estar? Ya es de noche y debería estar en casa.

– Tal vez ha ido a comer algo.

– Sí. Debe de ser eso.

– O a ver una película.

– Ya. O a una reunión en la sinagoga. Algunas veces aún va allí para recaudar fondos.

– Seguramente.

La inocencia de estas explicaciones no pareció aliviar su ansiedad.

– ¿Va usted a llamar a los demás? -preguntó Simon.

– Tengo que esperar. Es martes, y los martes el señor Silver lleva a la señora Kroner al club de bridge del centro de la tercera edad. Lo hace desde que empezamos nuestras reuniones con el rabino.

– ¿Tal vez quiera hacer otra llamada?

– ¿A quién?

– ¿A su hijo? Quizá si habla con él se sienta mejor.



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