
– Es usted muy amable, señor Winter. Ahora mismo loiba a hacer.
– ¿Tiene algo que la ayude a dormir? Se ha llevado un buen susto y tal vez le sea difícil…
– Oh, sí, tengo unas píldoras. No se preocupe.
– Y debería comer algo. ¿Tiene algo preparado?
– Señor Winter, es usted demasiado cortés. Estaré bien. Me siento mucho mejor ahora que estoy en casa y a salvo.
– Ya le dije que se encontraría mejor.
– Y mañana, ¿me ayudará? A mí y a los demás a…
– … a llegar al fondo del asunto. Por supuesto.
– ¿Qué hará?
Era una buena pregunta y no precisamente de fácil respuesta.
– Bien, señora Millstein, creo que lo menos que puedo hacer es investigar las circunstancias que rodearon la muerte del señor Stein. Y también podríamos considerar qué es exactamente lo que quieren hacer. Tal vez sus amigos y yo podamos reunirnos y planear algo.
Esta perspectiva pareció animar a Sophie Millstein, que se apresuró a asentir con la cabeza.
– Leo… -dijo-. Leo era como usted. Tomaba decisiones. Pero, ya sabe, al fin y al cabo era mercero, no detective, de modo que ¿cómo podría resolver este misterio, verdad, señor Winter?
– Entonces ya la dejo. Asegúrese de cerrar con llave. Y no dude en llamarme si sigue asustada. Una buena noche de sueño reparador será lo mejor para mañana empezar con nuevas fuerzas.
– Señor Winter, es usted todo un caballero. En cuanto se vaya me tomaré una píldora.
Se levantó y le acompañó a la puerta. Él vio que el gato saltaba al sillón, enroscándose en el cojín que ella había calentado con su cuerpo.
– Cierre la puerta con llave -insistió él.
– Quizá me he equivocado. Es posible. Puedo haberme equivocado, ¿verdad?
– Todo es posible, señora Millstein. La cuestión es que lo averiguaremos.
– Hasta mañana, entonces -repuso ella, asintiendo con la cabeza con gesto agradecido.
Él salió al corredor y se dio la vuelta justo a tiempo de captar que la sonrisa de su vecina se desvanecía mientras cerraba la puerta. Esperó hasta oír el sonido del cerrojo.
