
He disfrutado de la vida y he logrado hacer algunas cosas buenas. Si alguien está interesado, en el dormitorio hay un álbum con algunos recortes de prensa sobre mis antiguos casos.
Decidió permitirse un pequeño punto de engreimiento y una disculpa:
Hubo un tiempo en que fui de los mejores.
Siento causar tantas molestias.
Hizo una pausa, examinó la nota y luego la firmó con una floritura: «Simon Winter. Detective retirado.»
Respiró hondo y alzó la mano delante de sus ojos. Estaba firme. Miró de reojo la nota manuscrita. «Ni un temblor en la letra tampoco -pensó-. Muy bien. Te has enfrentado a cosas mucho peores. No hay razón para esperar más.»
Sujetó el arma y colocó el dedo en el gatillo. Podía sentir todas y cada una de las acciones que realizaba, como si de pronto cada movimiento cobrara un significado especial por sí mismo. La presión del dedo alrededor del gatillo tensaba el tendón del reverso de la mano. Sentía el músculo del brazo trabajando mientras alzaba el revólver, reforzando su muñeca para que pudiera sostener el arma inmóvil. Su corazón se aceleró y su mente se llenó de recuerdos. Ordenó a sus ojos que se cerrasen, intentando eliminar cualquier duda residual.
– Muy bien -dijo-. Muy bien. Ya es hora.
Simon Winter introdujo el cañón en su boca, contra el paladar, y se preguntó si sentiría el disparo que le mataría. Y durante aquel breve instante de duda, aquella única y momentánea demora, el silencio a su alrededor fue bruscamente alterado por una fuerte e insistente llamada a la puerta de su apartamento.
El sonido estalló a través de su determinación suicida, sobresaltándole.
Al mismo tiempo, fue consciente de docenas de pequeñas sensaciones, como si el mundo hubiese requerido bruscamente su presencia. La presión sobre el gatillo parecía lastimarle el dedo; allí donde había esperado una rápida mortaja de abrasadora inconsciencia, ahora notaba el sabor de la dureza metálica del revólver y se atragantó con el intenso olor aceitoso de los líquidos con que limpiaba el arma. Su lengua se deslizó por el suave acero helado del seguro del gatillo y oyó el vaho de su aliento.
