
A lo lejos, el motor diesel de un autobús pasó zumbando. Se preguntó si sería el A-30 que se dirigía a Ocean Drive o el A-42 de camino a Collins Avenue. Una mosca atrapada aleteaba frenéticamente en la ventana y recordó que había una persiana que tenía un listón suelto. Abrió los ojos y bajó la pistola.
Llamaron de nuevo a la puerta, esta vez con más insistencia.
El apremio de aquel ruido acabó con su determinación. Dejó el revólver en la mesilla auxiliar, encima de su nota de suicidio, y se levantó del sofá.
Escuchó una voz:
– Por favor, señor Winter…
Era una voz aguda y asustada, y le pareció familiar.
«Ya ha anochecido -se dijo-. Nadie ha llamado a mi puerta después de la puesta de sol en veinte años.» Moviéndose rápidamente y olvidando por un momento la lentitud que la edad imponía a sus extremidades, corrió hacia el sonido.
– ¡Ya voy, ya voy! -gritó, y llegó a la puerta sin saber exactamente con qué se encontraría, pero tuvo la vaga esperanza de que fuese algo de importancia para su vida.
El miedo iluminaba como un halo de luz a la anciana que había delante de la puerta. Su rostro estaba rígido, pálido, tenso como un nudo, y miró a Simon Winter con tal desesperación que éste retrocedió como si le hubiese golpeado una repentina y fuerte ráfaga de viento. Le costó un momento reconocer a su vecina de al menos diez años.
– Señora Millstein, ¿qué sucede?
La mujer alargó la mano y sujetó a Simon por el brazo sacudiendo la cabeza, como dando a entender que no podía hablar sin sentirse aterrada.
– ¿Se encuentra usted bien?
– Señor Winter -dijo la anciana lentamente, las palabras rechinando entre sus labios apretados-. ¡Gracias a Dios que está en casa! Estoy sola y no sé qué hacer…
