Iluminada fugazmente desde su interior por los relámpagos de las explosiones, la humareda del combate ocultó por un momento la visión del campo de batalla, y todos, en la colina, se estremecieron de inquietud. En aquel instante, la suerte del pequeño batallón, su epopeya osada y singular, la inutilidad de tan sublime sacrificio, acaparaban hasta el último de los pensamientos. Entonces el viento arrancó jirones de humo abriendo algunos claros en la humareda, y todos los


pechos galoneados de oro, alamares y relucientes botonaduras, todos los estómagos bien cebados del mariscalato en pleno, exhalaron al unísono un suspiro de alivio. El batallón seguía allí, firme ante las líneas rusas, tan cerca que en poco tiempo llegaría a distancia suficiente para cargar a la bayoneta.

— Un hermoso su–suicidio–murmuró conmovido el general Labraguette, sorbiéndose con disimulo una lágrima. A su alrededor, los otros mariscales, generales y edecanes asentían graves con la cabeza. El heroísmo ajeno siempre conmueve una barbaridad.

Aquellas palabras rompieron el estado de hipnosis en que parecía sumido el Ilustre.

— ¿Suicidio? — dijo sin apartar los ojos del campo de batalla, y soltó una breve risa sarcástica y resuelta, la misma del 18 Brumario, cuando sus granaderos hacían saltar por la ventana a los padres de la patria pinchándolos con las bayonetas en el culo-. Usted se equivoca, Labraguette. Es el honor de Francia — miró a su alrededor como si despertara de un sueño y alzó una mano-. ¡Alaix!

El coronel Alaix, que coordinaba las misiones de enlace, dio un paso al frente y se quitó el sombrero. Era un individuo de ascendencia aristocrática, relamido y pulcro, que lucía un aparatoso mostacho rizado en los extremos.



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