— ¿Sire?

— Averígüeme quiénes son esos valientes.

— Inmediatamente, Sire.

Alaix montó a caballo y galopó ladera abajo, mientras todos en la colina se mordían los galones de impaciencia. Al poco rato estaba de vuelta, sin aliento, con un agujero en mitad de la escarapela tricolor que lucía en el emplumado sombrero. Saltó del caballo antes de que este se detuviera encabritado entre una nube de polvo, imitando la pose del jinete de cierto conocido cuadro de Gericault. Alaix tenía fama de numerero y fantasma, y nadie lo tragaba en el Estado Mayor. A todos los mariscales les habría encantado verlo partirse una pierna al desmontar.

El Ilustre lo fulminaba con la mirada, impaciente.

— ¿Y bien, Alaix?

— No se lo va a creer, Sire–el coronel escupía polvo al hablar-. No se lo va a creer.

— Lo creeré, Alaix. Desembuche.

— No se lo va a creer.

— Le aseguro que sí. Venga.

— Es que es increíble, Sire.

— Alaix–el Ilustre daba impacientes golpecitos sobre el cristal del catalejo-. Le recuerdo que al duque de Enghien lo hice fusilar por menos de eso. Y que con esa mierda de flanco derecho deben de quedar cantidad de vacantes de sargento de cocinas…

Los generales se daban con el codo y sonreían, cómplices. Ya era hora de que le metieran un paquete a aquel gilipollas. Alaix suspiró ho ndo, hundió la cabeza entre los entorchados de los hombros y se miró la punta del sable.

— Españoles, Sire.

El catalejo fue a caer entre las botas del Ilustre. Un par de mariscales de Francia se abalanzaron a recogerlo, con presencia de ánimo admirable pero estéril. El Enano estaba demasiado boquiabierto para reparar en el detalle.

— Repita eso, Alaix.

Alaix sacó un pañuelo para secarse la frente. Le caían gotas de sudor como puños.



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