
Se los rechaza a todos. Las tradiciones de nuestros días de gloria, anteriores a la degeneración actual, y a la anterior, y aun a la más anterior, una edad cuyo nombre apenas recuerdan hoy los eruditos, prohíben el reclutamiento de esa gente. Aun en el tiempo del que escribo, cuando el gremio había quedado reducido a dos maestros y menos de una veintena de oficiales, se respetaban esas tradiciones.
Desde niño lo recuerdo todo. Lo primero es haber apilado piedras en el Patio Viejo. Se encuentra al sur y al este del Torreón de las Brujas, y está separado del Patio Grande. El muro que nuestro gremio tenía que ayudar a defender estaba en ruinas ya entonces, con una gran abertura entre la Torre Roja y la del Oso, por cuyas derrumbadas placas de metal refractario solía yo trepar para mirar desde lo alto la necrópolis que desciende por ese lado de la colina.
Cuando fui mayor, la necrópolis se convirtió en mi campo de juegos. Los senderos serpenteantes eran patrullados durante las horas del día, pero los centinelas se interesaban mucho más en las tumbas recientes del terreno más bajo, y sabiendo que éramos torturadores, rara vez se atrevían a expulsarnos de nuestros escondites en los bosquecillos de cipreses.
Se dice que nuestra necrópolis es la más antigua de Nessus. Eso es por cierto falso, pero el error mismo es testimonio de verdadera antigüedad, aunque los autarcas no eran sepultados allí, ni siquiera cuando la Ciudadela era una fortaleza, y las grandes familias — entonces como ahora— preferían disponer de sus muertos de largos miembros en bóvedas privadas.
