Creemos que inventamos los símbolos, pero en realidad ellos son los que nos inventan a nosotros; somos sus criaturas, conformados por sus contornos duros y definidos. Cuando los soldados juran, se les da una moneda, un asimi sellado con el perfil del Autarca. Aceptar esa moneda es aceptar los deberes y los trabajos especiales de la vida militar; desde ese momento son soldados, aunque no sepan nada del manejo de las armas. Yo sabía eso por entonces, pero es un profundo error creer que hay que saber esas cosas para que ellas influyan en nosotros; creerlo en verdad es creer en la más ínfima y supersticiosa especie de magia. Sólo el pretendido hechicero tiene fe en la eficacia del puro conocimiento; cualquiera que razone un poco sabe que las cosas actúan por sí mismas o no actúan en absoluto.

Así, pues, yo nada sabía, cuando dejé caer la moneda en mi bolsillo, de los dogmas del movimiento que conducía Vodalus, pero pronto los aprendí todos, porque estaban en el aire. Junto con él odié la Autarquía, aunque no tenía idea de qué podría reemplazarla. Junto con él desprecié a los exultantes que no se levantaban contra el Autarca y le cedían las hijas más bellas en concubinato ceremonial. Junto con él detesté a la gente por su falta de disciplina y de un objetivo común. De los valores que el maestro Malrubius (que fuera maestro de aprendices cuando yo era muchacho) había intentado enseñarme, y que el maestro Palaemon todavía intentaba inculcar, sólo acepté uno: lealtad al gremio. En esto no me equivocaba; era, tal como me había parecido, perfectamente factible servir a Vodalus y seguir siendo torturador. Fue de este modo que emprendí la larga jornada por la que fui retrocediendo hacia el trono.

II — Severian

La memoria me oprime.



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