
Yo, por mi parte, había adoptado como propio el emblema grabado en bronce sobre la entrada de cierto mausoleo. Era una fuente que se levantaba sobre las aguas con una nave volant, y debajo una rosa. La puerta había sido arrancada hacía mucho; en el suelo había dos ataúdes vacíos. Tres más, demasiado pesados para que yo pudiera moverlos y todavía intactos, aguardaban en los salientes a lo largo de una pared. Ni los ataúdes cerrados ni los abiertos eran el atractivo del lugar, aunque a veces yo me echaba a descansar en lo que quedaba del relleno de estos últimos. Lo que quizá más me atraía era la pequeñez del recinto, las gruesas paredes de mampostería y la estrecha y única ventana enrejada, junto con la puerta falsa (macizamente pesada) que estaba siempre abierta.
A través de la ventana y la puerta podía mirar sin ser visto toda la brillante vida de los árboles y los arbustos y la hierba de fuera. Los jilgueros y los conejos que huían tan pronto como yo me aproximaba, no podían oírme ni olfatearme cuando yo estaba allí. Observé cómo el cuervo hacía su nido, y después alimentaba a sus polluelos a dos codos de mi cara. Vi al zorro que pasaba trotando con el rabo alzado; y una vez aquel zorro gigante, casi mayor que los más grandes sabuesos y que los hombres llaman lobo melenudo, pasó de prisa al atardecer empeñado en vaya uno a saber qué cometido desde las zonas arruinadas del sur. El cara-cara maldijo a las víboras por mí y el halcón remontó vuelo desde la cima de un pino.
Basta un momento para describir estas cosas que observé durante tanto tiempo. Las décadas de un saros no me bastarían si intentara descubrir todo lo que significaron para el pequeño aprendiz andrajoso que yo era entonces. Dos pensamientos (que eran casi sueños) me obsesionaban, lo que los volvía infinitamente preciosos.
