
Sin embargo, a veces, sobre todo durante las horas somnolientas de alrededor del mediodía, había poco que observar. Entonces me volvía otra vez hacia el blasón y me preguntaba qué tendrían que ver conmigo un barco, una rosa y una fuente, y miraba fijamente el bronce funerario que yo había encontrado, limpio y guardado en un rincón. El muerto yacía cuan largo era, y tenía cerrados los ojos, de pesados párpados. A la luz que atravesaba el ventanuco le miré la cara y pensé en la mía, que se reflejaba en el metal pulido. Mi nariz recta, mis ojos profundamente encajados en las órbitas, y mis mejillas hundidas se parecían mucho a los de él, y deseaba saber si también sus cabellos habían sido oscuros como los míos.
En invierno rara vez iba a la necrópolis, pero en verano ese violado mausoleo y otros semejantes me procuraban sitios de observación y sereno reposo. Drotte, Roche y Eata también venían, pero nunca los guié hasta mi refugio favorito, y ellos, lo sabía, tenían lugares secretos propios. Cuando estábamos juntos rara vez nos escurríamos dentro de una tumba. En cambio hacíamos espadas con ramas y librábamos continuas batallas o arrojábamos pinas a los soldados o dibujábamos tableros sobre la tierra de las tumbas recientes y jugábamos a las damas con piedras, cuerdas, caracoles y candilejas.
