El primero era que en un tiempo no muy distante, el tiempo mismo se detendría… los días coloridos que se habían prolongado a lo largo de tantos años como las cadenas de pañuelos de un prestidigitador, acabarían para siempre, el torvo ojo del sol se cerraría al fin. El segundo era que había en algún sitio una luz milagrosa —que a veces yo imaginaba como una vela y otras como una antorcha— que daba vida al objeto iluminado, de modo que la hoja arrancada de un arbusto desarrollaba patas esbeltas y antenas temblorosas, y un tosco pincel pardo abría unos ojos negros y se escurría subiendo a un árbol.

Sin embargo, a veces, sobre todo durante las horas somnolientas de alrededor del mediodía, había poco que observar. Entonces me volvía otra vez hacia el blasón y me preguntaba qué tendrían que ver conmigo un barco, una rosa y una fuente, y miraba fijamente el bronce funerario que yo había encontrado, limpio y guardado en un rincón. El muerto yacía cuan largo era, y tenía cerrados los ojos, de pesados párpados. A la luz que atravesaba el ventanuco le miré la cara y pensé en la mía, que se reflejaba en el metal pulido. Mi nariz recta, mis ojos profundamente encajados en las órbitas, y mis mejillas hundidas se parecían mucho a los de él, y deseaba saber si también sus cabellos habían sido oscuros como los míos.

En invierno rara vez iba a la necrópolis, pero en verano ese violado mausoleo y otros semejantes me procuraban sitios de observación y sereno reposo. Drotte, Roche y Eata también venían, pero nunca los guié hasta mi refugio favorito, y ellos, lo sabía, tenían lugares secretos propios. Cuando estábamos juntos rara vez nos escurríamos dentro de una tumba. En cambio hacíamos espadas con ramas y librábamos continuas batallas o arrojábamos pinas a los soldados o dibujábamos tableros sobre la tierra de las tumbas recientes y jugábamos a las damas con piedras, cuerdas, caracoles y candilejas.



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