
—¿Crees que es el guardián que vuelve?
—Son muchos —comentó sacudiendo la cabeza.
—Una docena de hombres cuando menos —dijo Drotte.
Todavía mojados por el Gyoll, aguardamos. En los recodos de mi mente aún estábamos allí, temblando de pies a cabeza. Así como todo lo supuestamente imperecedero tiende a su propia destrucción, los instantes que en un momento nos parecen más fugaces se recrean a sí mismos…, no sólo en mi memoria (que en última instancia no pierde nada) sino también en mi corazón palpitante y en mis cabellos erizados, que se renuevan una y otra vez, así como nuestra comunidad se reconstituye cada mañana con las agudas notas de sus propios clarines.
Los hombres no tenían armadura, como no tardé en ver a la pálida luz amarilla de las linternas; pero traían lanzas, como había dicho Drotte, y garrotes y machetes. El jefe llevaba un largo cuchillo de doble filo sujeto a la cintura. Lo que más me interesó fue la llave maciza que le colgaba del cuello sujeta a una cuerda; parecía que pudiera encajar en la cerradura del portal.
El pequeño Eata se movía nervioso y el jefe nos vio y alzó la linterna sobre su cabeza.
—Estamos esperando para entrar, señor —exclamó Drotte. Era el más alto de los dos, pero tenía una expresión humilde y respetuosa en el rostro oscuro.
—No hasta que amanezca —dijo el jefe con brusquedad—. Vosotros, los jóvenes, será mejor que os vayáis a casa.
—Señor, se suponía que el guardián nos dejaría entrar, pero no está aquí.
—No entraréis esta noche. —El jefe llevó la mano a la empuñadura del cuchillo antes de dar un paso adelante. Por un instante tuve miedo de que supiera quiénes éramos.
Drotte se alejó y los demás nos quedamos detrás.
—¿Quiénes sois, señor? No parecéis soldados.
—Somos los voluntarios —dijo uno de los otros—. Venimos a proteger a nuestros muertos.
—Entonces podéis dejarnos entrar.
