
El jefe se había vuelto de espaldas.
—No dejamos entrar a nadie, salvo a nosotros mismos. —La llave chirrió en la cerradura y el portal crujió. Antes que nadie pudiera detenerlo, Eata se precipitó hacia delante y cruzó el portal. Alguien echó una maldición, y el jefe y otros dos más se lanzaron detrás a toda carrera, pero el muchacho era demasiado rápido para ellos. Vimos cómo el pelo rojizo y la camisa de retazos zigzagueaban entre las tumbas hundidas de los pobres para luego desaparecer entre la espesura de estatuas, algo más arriba. Drotte intentó seguirlo, pero dos hombres lo tomaron por los brazos.
—Tenemos que encontrarlo —dijo Drotte—. No os robaremos vuestros muertos.
—¿Por qué queréis entrar entonces? —preguntó uno de los voluntarios.
—Para recoger hierbas —respondió Drotte—. Somos ayudantes de médicos. ¿No queréis que los enfermos curen?
El voluntario se quedó mirándolo. El hombre de la llave había dejado caer la linterna cuando echaba a correr tras Eata, y sólo quedaban dos. A la débil luz de estas linternas el voluntario parecía estúpido e inocente; supongo que sería un trabajador de alguna clase.
Drotte continuó: —Tiene que saber que para que ciertos simples alcancen un máximo de eficacia, es preciso arrancarlos del polvo de las tumbas a la luz de la luna. Pronto llegará el hielo y lo matará todo; y nuestros amos necesitan abastecerse para el invierno.
Los tres dispusieron que entráramos esta noche, y el padre de ese muchacho me lo cedió para que me ayudara.
—No tienes nada donde guardar los simples.
Todavía sigo admirando a Drotte por lo que hizo después. Dijo: —Tenemos que atarlos en haces para que se sequen —y sin la menor vacilación, sacó del bolsillo un trozo de cordel común.
—Ya entiendo —dijo el voluntario. Era evidente que no entendía. Roche y yo nos acercamos al portal.
Drotte en cambio dio un paso atrás.
