Hubo un disparo, algo que yo jamás había visto antes, una centella de energía violeta abriéndose paso en la oscuridad como una cuña y terminando en un ruido atronador. En algún sitio un monumento se derrumbó con estrépito. Luego un silencio, en el que todo lo que me rodeaba pareció disolverse. Echamos a correr. A lo lejos unos hombres gritaban. Oí un ruido de acero sobre piedra, como si algo hubiera golpeado una de las lápidas de las tumbas con un badelaire. Me precipité por un sendero que me era (o al menos así me pareció entonces) completamente desconocido, una cinta cubierta de huesos rotos del ancho de dos hombres, que descendía serpenteando hasta un pequeño valle. En medio de la niebla no me era posible ver nada, salvo el bulto de los monumentos recordatorios que se levantaban a un lado y a otro. Luego, tan repentinamente como si alguien lo hubiera quitado de un tirón, el sendero ya no estaba bajo mis pies… quizás yo había pasado por alto alguna curva. Giré para esquivar un oblesque que pareció alzarse delante de mí y embestí violentamente a un hombre de chaqueta negra.

Era sólido como un árbol; el impacto me hizo perder el equilibrio y me dejó sin aliento. Oí que el hombre mascullaba unas maldiciones, y luego un sonido susurrado de no sé qué tipo de arma. Otra voz exclamó: —¿Qué fue eso?

—Alguien me atropello. Desapareció, quienquiera que fuese.

Yo permanecí tendido y en silencio.

—Encended la lámpara —dijo una mujer con una voz que era como el arrullo de una paloma, pero en un tono perentorio.

El hombre con que había chocado, respondió: —Se precipitarían sobre nosotros como una jauría de perros salvajes, señora.

—Pronto lo harán de cualquier modo… Vodalus disparó. Tienen que haberlo oído.

—Lo más probable es que los mantenga alejados.

En un tono que no reconocí como exultante porque yo era demasiado inexperto, el hombre que había hablado primero replicó: —Ojalá no la hubiera traído. No la hubiéramos necesitado contra esta clase de gente.



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