
– Estoy en mi derecho -espetó Muadnat-. No podéis reclamar sobre la tierra.
Sor Fidelma alzó las cejas con ironía.
– Parece que va a tener que ser la ley la que decida, ya que no os ponéis de acuerdo. Y habéis traído el asunto ante el tribunal para que éste tome una decisión. Y la decisión que tome este tribunal respecto a este asunto la tendréis que cumplir.
Se reclinó, cruzó las manos en el regazo y examinó detenidamente a ambos, uno tras otro; dos rostros arrebatados por la ira.
– Muy bien -dijo la joven, finalmente-. Tengo entendido que Suanach heredó unas tierras de su padre. Corregidme si me equivoco. Posteriormente se casó con un hombre de ultramar, un bretón llamado Artgal, que al ser extranjero en esta tierra no tenía propiedad alguna que aportar al matrimonio.
– ¡Un extranjero pobre! -gruñó Muadnat.
Fidelma no le hizo caso.
– Artgal, que era el padre de Archú, murió hace unos años. ¿Estoy en lo cierto?
– Mi padre murió luchando al servicio del rey de Cashel contra los Uí Fidgente. -Había hablado Archú y el muchacho lo había hecho con orgullo.
– Un mercenario -menospreció Muadnat.
– A este tribunal no se la ha pedido que juzgue la personalidad de Artgal -observó sor Fidelma malhumorada-. Se le ha pedido que administre la ley. Bien, Artgal y Suanach se casaron…
– Contra los deseos de la familia de ella -volvió a interrumpir Muadnat.
– Eso ya lo he entendido -admitió Fidelma con suavidad-. Pero estaban casados. Al morir Artgal, Suanach continuó trabajando su tierra y educando a su hijo Archú. Hace un año murió Suanach.
– Entonces mi llamado primo vino y afirmó que toda la tierra era suya -dijo Archú con cierta amargura en la voz.
– Es la ley -dijo Muadnat con suficiencia-. La tierra pertenecía a Suanach. Su marido, al ser extranjero, no tenía tierra alguna. Cuando Suanach murió, su tierra revirtió a la familia de ella y de esa familia yo soy el pariente más cercano. Así es la ley.
