Al sentarse, lanzó una mirada expectante hacia Fidelma y levantó su estilo, ya que se tomaba nota del proceso en tablillas de arcilla fresca y al final de cada sesión se transcribían las notas en pergaminos.

Fidelma estaba sentada tras una gran mesa de roble tallado, con las palmas de las manos sobre ella. Se reclinó en la silla y echó una mirada alrededor hacia los que se sentaban en los bancos que tenía delante.

– Archú y Muadnat, por favor, venid ante mí.

Un joven se levantó con rapidez. No tenía más de diecisiete años, parecía impaciente, como perro que busca el favor de su amo, pensó Fidelma al ver que se apresuraba. El segundo hombre sería de mediana edad, lo bastante mayor como para ser el padre del joven. Era un hombre de rostro sombrío, casi de expresión adusta.

– He escuchado las pruebas que se han presentado en este caso -empezó a decir Fidelma, mirando a uno y a otro-. A ver si puedo exponer los hechos con claridad. Vos, Archú, acabáis de alcanzar la edad de la elección, ¿no es así?

El joven asintió con la cabeza. Según la ley, a los diecisiete años un joven se hacía hombre y era capaz de tomar decisiones.

– Y sois el único hijo de Suanach, que murió hace un año. Suanach, que era hija del tío de Muadnat.

– Era la única hija del hermano de mi padre -afirmó Muadnat con un tono áspero y carente de emoción.

– Así es. ¿Así que sois primos?

No hubo respuesta. Resultaba obvio que ambos no se apreciaban a pesar de su parentesco.

– Unos parientes tan cercanos no deberían recurrir a la justicia para solucionar sus diferencias -amonestó Fidelma-. ¿Todavía insistís en que este tribunal haga el arbitraje?

Muadnat sorbió por la nariz con amargura.

– No es deseo mío estar aquí.

El joven se sonrojó furioso.

– Tampoco el mío. Mucho mejor hubiera sido para mi primo hacer lo que era correcto antes de llegar hasta aquí.



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