
La voz llegaba débil y aguda a través del diminuto micrófono, pero ella percibía la tensión.
«Estoy de pie frente a la ventana en este momento —continuaba él—. Hay un incendio en el Edificio Dos y siguen vigilando las salidas. No veo manera de escapar. Tienes que llevar al otro Duende al Laboratorio Carlsberg, para que lo vea McGill.»
Apretó con más fuerza la caja oblonga. En su vientre, el niño se agitó como reacción a la adrenalina que recorría a su madre.
«Intentaré salir de aquí —continuaba la voz de Gregor—. Me llevaré el transmisor, pero no tiene alcance como para comunicarme contigo cuando te alejes algunos kilómetros del aeropuerto. Según nuestro plan, estarás a punto de despegar. Ojalá pudieras confirmármelo de alguna manera. Escucha, hay otras dos cosas que quiero que le digas a McGill. El Duende que ha examinado Morrison murió de la misma manera que el tuyo: exposición al vacío, lo que significa que los dos murieron en el mismo lugar, un compartimiento de avión no presurizado. Morrison ha calculado la edad: alrededor de doce meses. La masa corporal era de cinco kilos y medio. El largo, de menos de medio metro, casi igual al que tienes contigo. Espero que puedas oírme. Aún no tenemos idea de cómo pudieron llegar al laboratorio, pero ahora estoy seguro de que murieron hace unos dos días, no más.»
Julia Merlin atravesaba la zona de embarque y se dirigía al túnel que conectaba con la nave. Vio que el auxiliar de vuelo le sonreía y hacía un gesto hacia la caja que ella llevaba. Negó con la cabeza, caminó hasta su asiento y se acomodó. La voz de Gregor había cesado. Se inclinó hacia adelante e intentó meter la caja oblonga debajo del asiento, pero no entraba. Estirarse más le costaba un gran esfuerzo. Se incorporó, jadeando ante la súbita punzada de dolor.
