—Ahí no va a entrar, señora —dijo el auxiliar de vuelo. Estaba de pie junto a ella, tendiéndole la mano—. Permítame ponerlo atrás, donde hay más sitio. No, no se moleste —agregó cuando ella hizo ademán de ponerse de pie—. Mire, ¿ve aquel hueco atrás? La guardaré allí.

Tomó la caja de sus manos y la llevó a la parte trasera del avión. Julia giró en el asiento, siguiendo la maleta con la mirada hasta verla en lugar seguro. Gregor hablaba otra vez, pero la voz era casi ininteligible por la interferencia.

«…Llegar al piso más bajo… junto al farol de la calle… otra vez…»

El creciente ruido de los motores ahogó sus últimas palabras. El avión, ancho y chato, comenzó a coger velocidad. Hubo una súbita aceleración que la apretó contra el respaldo del asiento. Despegaron enseguida y comenzaron a subir con una inclinación de unos treinta grados, hasta llegar a los veintisiete mil metros de altura y a una velocidad de crucero superior a la de Mach Dos.

Julia se recostó en el asiento, exhausta. No podía tranquilizarse, pero el agotamiento físico y mental comenzaba a mostrar sus efectos. Permaneció allí recostada mientras la nave llegaba a la altura fijada y comenzaba su gran ruta circular hacia Ciudad del Cabo. El dolor que sintió cuando se estiró en el asiento no se le había ido del todo. Era un dolor sordo en el vientre, que de vez en cuando se convertía en una especie de calambre. Pero había escapado. Aquello, fuera lo que fuese, que Gregor temía tanto ya no podía alcanzarla.

Una hora después se acercaban a Commonwealth Bay, en la costa de la Antártida. La voz del piloto acababa de decir por los altavoces que estaban a punto de sobrevolar el polo sur magnético. La violenta explosión en el compartimiento trasero del avión ahogó sus palabras.

El ordenador de a bordo hizo lo que pudo.



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