– ¿Hasta ese punto? -dijo sin calidez-. ¿Y qué teníamos los dos, para tomarnos esas confianzas?

– Una bronca enorme.

– ¿Amorosa? Me daría pena no recordarlo.

– Profesional.

– Vaya -respondió la forense frunciendo el ceño.

Adamsberg inclinó la cabeza, distraído por los recuerdos que esa voz alta y ese tono cortante evocaban en su memoria. Volvía a ver la ambigüedad que lo había tentado y desconcertado de joven, el traje severo pero el pelo revuelto, el tono altivo pero las palabras naturales, las poses elaboradas pero los gestos espontáneos. Tanto era así que uno no sabía si tenía delante a un espíritu superior y distanciado o a una trabajadora empedernida que olvida las apariencias. Incluso ese «Vaya» con el que a menudo iniciaba las frases, sin que se supiera si la réplica era despectiva o popular. Ante ella, Adamsberg no era el único en tomar precauciones. La doctora Ariane Lagarde era la forense más célebre del país, nadie podía competir con ella.

– ¿Nos tuteábamos? -prosiguió dejando caer la ceniza en el suelo-. Hace veintitrés años, yo ya había hecho mi camino; en cambio, usted debía de ser sólo un simple teniente.

– Apenas un joven cabo.

– Me sorprende usted. No tuteo así como así a mis colegas.

– Nos llevábamos bien. Hasta que la enorme bronca culminó, haciendo temblar las paredes de un café de Le Havre. Me cerró la puerta en las narices, y no volvimos a vernos. No tuve tiempo de acabarme la cerveza.

Ariane aplastó la colilla con el pie y volvió a acomodarse en el taburete de metal, recobrando la sonrisa, vacilante.

– Esa cerveza -dijo- ¿no la habré tirado al suelo, por casualidad?

– Así es.

– Jean-Baptiste -dijo articulando las sílabas-. El joven cretino de Jean-Baptiste Adamsberg, que creía saber más que nadie.



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