– Es lo que me dijiste antes de romper mi vaso.

– Jean-Baptiste -repitió Ariane con voz más lenta.

La forense dejó el taburete y fue a poner una mano sobre el hombro de Adamsberg. Pareció a punto de besarlo, pero se apresuró a meter de nuevo la mano en el bolsillo de su bata.

– Me caías bien. Dislocabas el mundo sin ser consciente siquiera. Y, por lo que cuentan del comisario Adamsberg, el tiempo no ha mejorado las cosas. Ahora entiendo: tú eres él, y él eres tú.

– En cierto modo.

Ariane se apoyó en la mesa de disección donde descansaba el cuerpo del grandullón blanco, empujando el busto del muerto para estar más a gusto. Al igual que todos los forenses, Ariane no mostraba el menor respeto hacia los difuntos. En cambio, hurgaba en el enigma de sus cuerpos con insuperable talento, rindiendo así homenaje, a su manera, a la complejidad inmensa y singular de cada uno. Los trabajos de la doctora Lagarde habían glorificado los cadáveres de vivos corrientes y molientes. Pasar por sus manos le hacía a uno entrar en la Historia. Eso sí, lamentablemente, muerto.

– Era un cadáver excepcional -recordó ella-. Lo habían encontrado en su habitación, con una carta de despedida muy refinada. Un alcalde, implicado en un escándalo y arruinado, que se había suicidado de un sablazo en el vientre, a la japonesa.

– Hasta las cejas de ginebra para darse valor.

– Lo recuerdo muy bien -prosiguió Ariane con el tono suavizado de quien rememora una bonita historia-. Un suicidio sin incidentes, precedido de una tendencia antigua a la depresión compulsiva. El consejo municipal se sintió aliviado de que el asunto no fuera más allá, ¿recuerdas? Yo había entregado mi informe, irreprochable. Tú hacías las fotocopias, las encuadernaciones, los recados, sin obedecer demasiado. Nos íbamos a tomar algo por las tardes, en los muelles. Yo rozaba la promoción, tú soñabas en tu estancamiento. En esa época, yo echaba granadina en la cerveza, y hacía espuma.



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