– No seas muy bestia con el vecino -le dijo, ajustándole la bufanda.

– El vecino está curado de espanto, créeme.


Adamsberg había estado trabajando despreocupado bajo la vigilancia del viejo de enfrente, preguntándose cuándo vendría a tantearlo en persona. Lo miró atravesar el pequeño jardín con paso oscilante, alto y digno, hermoso rostro surcado de arrugas, pelo blanco intacto. Adamsberg iba a tenderle la mano cuando se dio cuenta de que el hombre no tenía antebrazo derecho. Levantó la paleta en señal de bienvenida y posó sobre él una mirada tranquila y vacía.

– Puedo prestarle mi plomada -dijo el viejo con cortesía.

– Ya me las arreglo así -respondió Adamsberg calando otro bloque-. En mi tierra siempre hemos hecho los muros a ojo, y todavía están en pie. Torcidos, pero en pie.

– ¿Es usted albañil?

– No, soy madero. Comisario de policía.

El anciano apoyó su bastón contra el nuevo muro y se abrochó la chaqueta hasta la barbilla, mientras asimilaba la información.

– ¿Busca droga y cosas así?

– Cadáveres. Estoy en la Brigada Criminal.

– Bien -dijo el viejo tras un ligero sobresalto-. Pues yo estuve en una cuadrilla.

Guiñó un ojo a Adamsberg.

– Pero no de ladrones, ¿eh?, de obreros de carpintería. Poníamos tarimas de madera.

Un graciosillo, en sus tiempos, pensó Adamsberg dirigiendo una sonrisa de complicidad a su nuevo vecino, que parecía apto para distraerse con cualquier cosa sin ayuda de nadie. Un guasón, un chistoso, pero con unos ojos negros que te taladraban vivo.

– Roble, haya, pino. Si me necesita, ya sabe dónde me tiene. En su casa sólo hay baldosa de barro.

– Sí.

– Es menos cálido que la tarima. Me llamo Velasco, Lucio Velasco Paz. Empresa Velasco Paz e hija.



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