
Lucio Velasco sonreía abiertamente, sin apartar sus ojos del rostro de Adamsberg, inspeccionándolo palmo a palmo. Ese viejo estaba dando rodeos, ese viejo tenía algo que decirle.
– María es la que lleva ahora la empresa. Tiene la cabeza bien puesta; que no le vengan con cuentos, que no le gusta.
– ¿Qué tipo de cuentos?
– Cuentos de fantasmas, por ejemplo -dijo el hombre, arrugando sus ojos negros.
– No se preocupe, no conozco cuentos de fantasmas.
– Ya; uno dice eso y, un buen día, conoce uno.
– Puede ser. No lleva la radio bien sintonizada. ¿Quiere que se la arregle?
– ¿Para qué?
– Para oír los programas.
– No, hombre
– Por supuesto -dijo Adamsberg.
Si el vecino quería pasearse con un transistor sin sintonizar en el bolsillo y si quería llamarlo hombre, allá él.
El viejo hizo de nuevo una pausa mientras escrutaba el modo en que Adamsberg colocaba los bloques.
– ¿Está contento con esta casa?
– Mucho.
Lucio hizo una broma ininteligible y se echó a reír. Adamsberg sonrió amablemente. Había algo juvenil en su risa, pese a que el resto de su postura parecía indicar que era más o menos responsable del destino de los hombres en este mundo.
– Ciento cincuenta metros cuadrados -prosiguió el viejo-. Un jardín, una chimenea, un sótano, una leñera. Eso en París ya no se encuentra. ¿No se ha preguntado por qué la ha conseguido por cuatro reales?
– Por vieja y destartalada, supongo.
– ¿Y no se ha preguntado por qué nunca la han tirado?
– Está al fondo de una callejuela, no molesta a nadie.
– De todos modos, hombre. Ni un comprador en seis años. ¿No le extraña eso?
– Digamos, señor Velasco, que soy difícil de extrañar.
Adamsberg raspó el exceso de cemento con la paleta.
– Pero suponga que le extraña -insistió el viejo-. Suponga que se pregunta por qué la casa no encontraba comprador.
