– Hay algo que me gustaría decirte, pero no sé si tengo ganas.

Los silencios nunca habían incomodado a Adamsberg, por largos que fueran. Esperó mientras dejaba discurrir sus pensamientos hacia el concierto de esa noche. Pasaron cinco minutos, o diez, no lo supo.

– Siete meses después -dijo Ariane súbitamente decidida-, el asesino lo confesó todo.

– Te refieres al tipo de Le Havre -completó Adamsberg alzando la mirada hacia la forense.

– Sí, del hombre de las doce ratas. Se ahorcó en su celda a los diez días de su confesión. Tú tenías razón.

– Y eso no te gustó.

– No, y a mis superiores todavía menos. No me ascendieron, y tuve que esperar cinco años más. Supuestamente tú me habías traído la solución en bandeja, supuestamente yo no había querido saber nada.

– Y no me avisaste.

– Ya no sabía tu nombre, te había borrado, te había tirado lejos, como tu vaso.

– Y todavía me guardas rencor.

– No. Gracias a la confesión del hombre de las ratas, empecé mis investigaciones sobre la disociación. ¿No has leído mi libro?

– Por encima -contestó Adamsberg, evasivo.

– Yo creé el término: los asesinos disociados.

– Sí -rectificó Adamsberg-, me han hablado de eso. Personas partidas en dos pedazos.

La doctora torció el gesto.

– Digamos más bien individuos compuestos de dos partes no encajadas, una que mata y otra que vive con normalidad, ignorándose ambas de forma más o menos perfecta. Hay muy pocos. Por ejemplo, esa enfermera detenida en Asnières hace dos años. Estos asesinos, peligrosos, reincidentes, son casi imposibles de descubrir. Son insospechables, incluso para ellos mismos, y tremendamente cautos en la acción debido a lo mucho que temen que su otra mitad los descubra.

– Recuerdo a esa enfermera. Según tú, ¿era una disociada?

– Casi impecable. Si no se hubiera dado de bruces con un policía genial, habría seguido con sus asesinatos hasta el fin de sus días, y sin sospecharlo siquiera. Treinta y dos víctimas en cuarenta años, y sin pestañear.



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