
La mirada de la doctora Lagarde se había posado en la pared. Cuando Ariane observaba un cadáver, sus ojos se reducían a una posición fija, como mudándose en lentes de microscopio de alta precisión. Adamsberg estaba convencido de que, si hubiera examinado sus pupilas en ese instante, habría visto los dos cuerpos perfectamente dibujados, el blanco en el ojo izquierdo, el negro en el derecho.
– Puedo decirte al menos una cosa que podría ayudarte, Jean-Baptiste. Los mató una mujer.
Adamsberg dejó la taza en la mesa, preguntándose si valía la pena llevar la contraria a la forense por segunda vez en su vida.
– Ariane, ¿has visto el formato de esos hombres?
– ¿Qué crees que miro en la morgue? ¿Mis recuerdos? He visto a esos tipos. Dos gigantes capaces de levantar un armario con la punta de un dedo. Aun así, a los dos los mató una mujer.
– Explícame.
– Vuelve esta noche. Tengo dos o tres cosas que comprobar.
Ariane se levantó, se puso sobre el traje de chaqueta la bata que había dejado en el perchero. A los dueños de los cafés cercanos a la morgue no les gustaba ver llegar a los médicos. Incomodaba a los clientes.
– No puedo. Esta noche voy a un concierto.
– Pues pásate después del concierto. Trabajo hasta tarde, acuérdate.
– No puedo, es en Normandía.
– Vaya -dijo Ariane interrumpiendo su gesto-. ¿Cuál es el programa?
– Ni idea.
– ¿Y vas hasta Normandía a escuchar música sin saber qué es? ¿O es que sigues a una mujer?
– No la sigo, la acompaño cortésmente.
– Vaya. Pues pasa por la morgue mañana. Por la mañana no. Por las mañanas duermo.
– Lo recuerdo. Nunca antes de las once.
– Nunca antes de las doce. Con el tiempo, todo se acentúa.
Ariane volvió a sentarse en una esquina de la silla, en posición provisional.
