Había intentado sin éxito diversos métodos para reprimirlo, y acabó tirando la toalla, versificando a troche y moche, murmurando como su abuela, y esa manía había exasperado a sus superiores. También lo había salvado de muchas maneras, pues recitar la vida en alejandrinos introducía una distancia incomparable -como no hay otra igual- entre él y el mundanal ruido. Ese efecto de perspectiva siempre le había aportado serenidad y reflexión, y sobre todo le había evitado cometer faltas irreparables en el ardor de la acción. Racine, pese a sus dramas intensos y su lenguaje fogoso, era el mejor antídoto para el arrebato, enfriaba en el acto cualquier tentación de exceso. Veyrenc lo usaba a conciencia tras haber comprendido que, con ello, su abuela había cuidado y regulado su vida. Medicina personal y que nadie conoce.

Ahora la abuela andaba corta de su poción, y Veyrenc le copiaba Británico en letra grande. Bella, sin ornamentos,con el sobrio atavío / de la beldad que acaban de arrebatar al sueño. Veyrenc alzó la pluma. Oía al grano de arena subir la escalera, reconocía su paso, el ruido rápido de sus botas, puesto que el grano de arena no se separaba de sus botas de cuero con correas. El grano de arena se pararía primero en el quinto, llamaría a la puerta de la señora inválida para llevarle su correo y su comida, y llegaría allí un cuarto de hora después. El grano de arena, es decir la ocupante del piso, es decir Camille Forestier, a quien vigilaba desde hacía ya diecinueve días.

Por lo poco que le habían dicho, la pusieron bajo protección durante seis meses, al abrigo de la posible venganza de un viejo asesino

Y que criaba sola al niño, sin que hubiera un hombre visible en el horizonte. No conseguía adivinar su oficio, dudaba entre fontanera y música.



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