
Doce días antes, le había rogado amablemente que saliera del cuartucho porque tenía que llevar a cabo una soldadura en la tubería del techo. Él había sacado su silla al rellano y la había mirado trabajar, concentrada y delicada, en medio del tintineo de las herramientas y la llama del soplete. Fue durante esa escena cuando se sintió oscilar hacia el caos prohibido y temido. Desde entonces, ella le llevaba un café caliente dos veces al día, a las once y a las cuatro.
La oyó dejar su bolso en el rellano del quinto. La idea de salir inmediatamente de ese cuartucho para no volver a encontrarse jamás con esa chica le hizo abandonar su silla. Apretó los brazos, levantó la mirada hacia el ventanuco, escrutando su rostro en el polvo del cristal. Pelo anormal, rasgos sin interés, soy feo, soy invisible. Veyrenc inspiró profundamente, cerró los ojos, y murmuró:
Mas te veo temblar, y tu alma vacila.
Tú, vencedor de Troya que conquistaste un día
de la ciudad los muros y del pueblo el amor,
¿puede tu corazón ceder por una dama?
No, de ningún modo. Veyrenc volvió a sentarse tranquilamente, muy enfriado por sus cuatro versos. Unas veces necesitaba seis u ocho, otras bastaban dos. Reanudó su copia con calma, satisfecho de sí mismo. Los granos de arena pasan, los pájaros vuelan, el dominio de uno mismo permanece. No tenía por qué preocuparse.
Camille hizo una pausa en el quinto, y cambió al niño de brazo. Lo más sencillo sería sin duda volver a bajar y no regresar hasta las ocho, cuando hubieran cambiado al policía de guardia. «Las nueve condiciones del valiente son huir», afirmaba su amiga turca, violonchelista en Saint-Eustache, que disponía de una mina de proverbios tan bizantinos como incomprensibles y benéficos. Existía, al parecer, una décima condición, pero Camille no la conocía y prefería inventársela a su albedrío. Sacó de su bolso el correo y la compra, y llamó a la puerta de la izquierda. Las escaleras se habían vuelto demasiado difíciles para Yolande, sus piernas demasiado débiles, su corpulencia demasiado pesada.
