
Cuando, tras sus cinco semanas de descanso forzado prescritas por el inspector de división, bajó de sus cumbres pirenaicas para volver a la Brigada de París, traía una treintena de guijarros grises pulidos por el río y los había repartido por las mesas de cada uno de sus miembros a modo de pisapapeles o de cualquier otra cosa, lo que ellos quisieran. Ofrenda rústica que nadie se atrevió a rechazar, ni siquiera aquellos que no tenían ninguna gana de ver una piedra en su mesa. Ofrenda que no ayudaba a comprender por qué el comisario también había traído una alianza de oro que brillaba en su dedo, encendiendo puerta tras puerta destellos de curiosidad. Si Adamsberg se había casado, ¿por qué no había dicho nada a su equipo? Y, sobre todo, ¿casado con quién y por qué? ¿Decididamente con la madre de su hijo? ¿Anormalmente con su hermano? ¿Mitológicamente con un cisne? Tratándose de Adamsberg, se barajaban todas las posibilidades en un murmullo que corría de despacho en despacho, de piedra en pisapapeles.
Contaban con el comandante Danglard para esclarecer este punto, por una parte porque era el compañero de equipo más antiguo de Adamsberg y evolucionaba con él en una relación desprovista de pudor y de precauciones, y por otra porque Danglard no soportaba las Preguntas sin Respuesta. Preguntas sin Respuesta que se las ingeniaban para crecer como diente de león en el mantillo de la vida, convirtiéndose en una miríada de incertidumbres, miríada que alimentaba su ansiedad, ansiedad que minaba su existencia. Danglard se esforzaba sin descanso en aniquilar las Preguntas sin Respuesta, como un maniático escruta y sacude las partículas de polvo que caen en su chaqueta. Esfuerzo titánico que lo llevaba casi siempre a un callejón sin salida y a la impotencia. Impotencia que lo propulsaba hacia el sótano de la Brigada, que a su vez cobijaba su botella de vino blanco, que a su vez era la única capaz de disolver una Pregunta sin Respuesta excesivamente correosa.
