Lo era mucho más si una tenía la mala idea de pensar en él. Camille siempre se había embarrancado en las miradas imprecisas y las voces fluidas, y así fue como se quedó más de quince años varada entre los brazos de Adamsberg, a los cuales se prometió no volver nunca más. Ni a los suyos ni a los de nadie dotado de algún género de sutil suavidad y de tramposa ternura. Había en el mundo suficientes tipos un tanto rudimentarios para airearse sin finura, cuando era preciso, y volver a casa despejada y tranquila, sin pensar más en ello. Camille no sentía necesidad de compañía alguna. ¿Por qué puñetera casualidad ese tipo, ayudado por los Poderosos, tenía que enturbiar sus sentidos con su voz velada y su labio oblicuo? Puso la mano sobre la cabeza del pequeño Thomas, que dormía babeando sobre su hombro. Veyrenc. De pelo rojo y castaño. Grano de arena en el engranaje y trastorno inoportuno. Desconfianza, cautela y huida.

VII

Apenas se hubo despedido de Ariane, un chaparrón con granizo anegó el bulevar Saint-Marcel, desmoronando sus contornos, haciendo que la avenida parisina se pareciera a cualquier carretera vecinal emborronada por el diluvio. Adamsberg caminaba contento, siempre feliz en medio del fragor del agua y satisfecho de poder cerrar el caso del asesino de Le Havre después de veintitrés años. Miró la estatua de Juana de Arco encajar el chubasco sin pestañear. Compadecía mucho a Juana de Arco, a él le habría horrorizado oír voces que le ordenaran hacer tal cosa e ir por tal sitio. Él, que ya tenía dificultades para obedecer sus propias consignas, incluso para identificarlas, habría rezongado seriamente ante las órdenes de las voces celestes. Voces que lo habrían llevado a un foso de los leones tras una corta epopeya de esplendor; esas historias siempre acaban mal. En cambio, Adamsberg no tenía nada en contra de recoger las piedras que el cielo iba poniendo en su camino para complacerle. Le faltaba una para la Brigada, y la buscaba.



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