
VII
Apenas se hubo despedido de Ariane, un chaparrón con granizo anegó el bulevar Saint-Marcel, desmoronando sus contornos, haciendo que la avenida parisina se pareciera a cualquier carretera vecinal emborronada por el diluvio. Adamsberg caminaba contento, siempre feliz en medio del fragor del agua y satisfecho de poder cerrar el caso del asesino de Le Havre después de veintitrés años. Miró la estatua de Juana de Arco encajar el chubasco sin pestañear. Compadecía mucho a Juana de Arco, a él le habría horrorizado oír voces que le ordenaran hacer tal cosa e ir por tal sitio. Él, que ya tenía dificultades para obedecer sus propias consignas, incluso para identificarlas, habría rezongado seriamente ante las órdenes de las voces celestes. Voces que lo habrían llevado a un foso de los leones tras una corta epopeya de esplendor; esas historias siempre acaban mal. En cambio, Adamsberg no tenía nada en contra de recoger las piedras que el cielo iba poniendo en su camino para complacerle. Le faltaba una para la Brigada, y la buscaba.
